A la hora de la cena

Cuando la Abuela golpeaba con un tenedor la botella de vidrio todo se interrumpía. Los juegos de Martín, la curiosidad de Ernestito, los planes de Sofía. No importaba qué estaban haciendo: los nietos debían ir al comedor. Nadie se atrevía a enfrentar la furia de la Abuela si no estaba, con las manos limpias, sentado a la mesa. En el almuerzo eran permitidos los gritos, las risas, los juegos. En la cena no. Hacía diez años que se había convertido en sagrada. Ella recordaba la última cena. Aquel momento de armonía y de comunión familiar. Después vino el canto del gallo y la traición. La tres veces negada verdad y el pecado que no puede ser perdonado. El arrepentimiento. Por eso la Abuela santificaba la cena. Quería evitar que el espíritu de Judas vuelva a entrar a su casa.


Leer al azar otro micro relato.